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La noche japonesa es mágica.

Es una magia que inunda desde los cruces de Shibuya hasta la calle más recóndita y oscura de Meguro; desde la lúcida Dotombori  a las sombrías y románticas riveras del Kamo.

Para un occidental, acostumbrado a andar  ojo avizor por la noche con un globo ocular en la cartera y otro en la próxima esquina, andar por Tokyo a las 23:30 le resultaría de lo más tranquilizador. De hecho, es más que tranquilizador, es embriagador.

Los rascacielos, las pasarelas de cristal de Shiodome SioSite, un perrito caliente en Nathan’s  a punto de cerrar… gracias.  Publicidad del musical Wicked representado como si fuese real. Fuentes con chorros ocultos que salen del suelo. Una foto en pareja con ayuda de chico local, gracias de nuevo.

Coger el metro  hacia Daimon dirección Roppongi, cena de celebración en el Hard-Rock Café y vuelta paseando hasta el metro de nuevo.

Yuki dando vueltas en mi cabeza con Joy… siempre fue una canción que una vez se mete en tu cabeza es difícil sacarla.

Escaparates y gente gritando palabras que no entiendo. Olores que llegan a mis sentidos por primera vez. Colores solo imaginados.

Pero ante todo y sobre todo: el aire.

No sé si la calidez, no sé si su frescor, no sé si su olor… pero el aire nocturno del Mayo japonés es una experiencia única.

¿Lo mejor de la noche japonesa?

Te sentirás único en una situación única.

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