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Justo el momento cuando se pone el sol.

Justo el momento cuando empieza a anochecer.

Una gran avenida; miles de historias y batallas en la cabeza, cientos de relatos de su mágica existencia. Los neones de Akiba se encendían sobre mi cabeza en un fulgor multicolor, como si impulsados por mi ignorancia quisieran hacerse notar y decir “Hey! Estoy aquí!!!”.

Cientos de pequeños hombrecillos con delantales azul marino salían altavoz en mano a reclamar la atención de todo ser vivo que anduviese en su margen de visión. Compre, compre!! Vendo, Vendo!!! No hay sitio más barato que este, se arrepentirá!!!

Los pequeños y minimalistas bares de los pasadizos entre las vías del tren, apoyados por tenduchas de piezas electrónicas, abrían sus olores antes que sus puertas. Despierta el hambre y no muere la ilusión. Aquello sigue siendo Japón.

Larga es la calle principal que bordea la verdadera Akihabara. Edificios llenos de restaurantes y locales de comida rápida americana.

De repente, un cartel raido. Más gris que negro por el sol. Tercera Planta, abiertos hasta las 22:00 horas. Las escaleras son más precarias y estrechas que el sucio cartel que les anunciaba. Apenas caben dos personas, temo que alguien baje y tengamos que saltarnos el uno al otro. Al fin llegué a mi meta, y vaya meta. Mi dormitorio es más grande, pero definitivamente allí olía a gloria bendita.

Tras un día de caminata dura, el olor de cualquier cosa cocinada parece un manjar. En este caso se trataba de un manjar con o sin caminata. Dos platos de ramen señalados sobre una carta en japonés. Dos sonrisas y tres reverencias.

Puede que no sea una comida de reyes, pero aquella fue de las mejores que recuerdo. Salir a la puerta y ver Akihabara iluminada de noche, con el chispeo en la cabeza de un litro de cerveza fue una experiencia inigualable. Lejos de las siete plantas de porno, los videojuegos de primera-última generación, las figuras manga, el anime más “animado” y las rarezas más extrañas.

Akihabara, Akiba para los amigos, me marcó de por vida por su estampa al anochecer. El inconsciente colectivo, el latido en común de miles de personas dando rienda suelta a sus ilusiones; pudo ser algo de eso.

¿Qué es lo que me llevé de Akihabara?

La alegría contagiosa que mueve ese lugar.

 

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La noche japonesa es mágica.

Es una magia que inunda desde los cruces de Shibuya hasta la calle más recóndita y oscura de Meguro; desde la lúcida Dotombori  a las sombrías y románticas riveras del Kamo.

Para un occidental, acostumbrado a andar  ojo avizor por la noche con un globo ocular en la cartera y otro en la próxima esquina, andar por Tokyo a las 23:30 le resultaría de lo más tranquilizador. De hecho, es más que tranquilizador, es embriagador.

Los rascacielos, las pasarelas de cristal de Shiodome SioSite, un perrito caliente en Nathan’s  a punto de cerrar… gracias.  Publicidad del musical Wicked representado como si fuese real. Fuentes con chorros ocultos que salen del suelo. Una foto en pareja con ayuda de chico local, gracias de nuevo.

Coger el metro  hacia Daimon dirección Roppongi, cena de celebración en el Hard-Rock Café y vuelta paseando hasta el metro de nuevo.

Yuki dando vueltas en mi cabeza con Joy… siempre fue una canción que una vez se mete en tu cabeza es difícil sacarla.

Escaparates y gente gritando palabras que no entiendo. Olores que llegan a mis sentidos por primera vez. Colores solo imaginados.

Pero ante todo y sobre todo: el aire.

No sé si la calidez, no sé si su frescor, no sé si su olor… pero el aire nocturno del Mayo japonés es una experiencia única.

¿Lo mejor de la noche japonesa?

Te sentirás único en una situación única.

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Primer día, primera entrada, primer blog…

Me costó mucho lograrlo, pero lo conseguí.

No es fácil llegar a ser introspectivo conmigo mismo, pero necesitaba sacar lo que llevo dentro desde hace tiempo.

Los primeros recuerdos que tengo de mi viaje a Japón fueron evidentemente los nervios, la incertidumbre y las dificultades para llegar. Perder  un día de viaje a dicho país es algo imperdonable, pero la climatología alemana lo quiso así.

Sin embargo lo que más se grabó en mi memoria fue que al pisar ese país, la gravedad parecía diferente… como muchas personas me han confesado, cuando estas allí es como si flotases un poco más (también debido a la ilusión).

Tengo que dejar claro que nunca fui un “Viajero a Japón” típico. No tenia gran interés en el Anime, ni en el Manga, ni en pasear por Akiba… simplemente eran cosas añadidas a mi interés por el país, me llamaban la atención de alguna forma, pero nunca fui un seguidor ( ni siquiera un aficionado) de toda esa cultura. Además iba con unas expectativas bajas, o al menos no iba con la gran expectación que supone para cualquier adicto al país nipón  viajar por primera vez a su ansiado destino.

Quizás por todo eso, fue tan impactante…

Recuerdo que tras salir del avión y pasar los mostradores de inmigración, todo iba en acelerado proceso de evolución. Cada cosa que veía me iba cambiando, cada aroma que respiraba iba sorteando mis dormidos sentidos y me iba transformando internamente sin que yo lo apreciara.

El daño ya estaba hecho…

Viajar a Japón me cambió la vida… a niveles que será difícil explicar.

¿La primera sensación que tuve del país?

Pensé que acababa de llegar al cielo…

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